Por:
Hary Cantillo P.
Teólogo
Para Jesús una sociedad donde los seres humanos se explotan para garantizar las riquezas de unos pocos, está lejos del plan de Dios. Para el Maestro, todos somos iguales, no hay hombres ni mujeres, ni Señores, en Jesús no hay lenguajes de poder. Todos somos llamados por El para recibir de su gracia y su amor. Ante esta revolución social, pues en su Reino no hay pirámides, se levanta la queja de Jesús ante la figura del explotador, de aquel que se enriquece en aras del hermano, del prójimo, su mirada identifica el pecado estructural, ese que la sociedad calla y la religión legitima. Se levanta como todo un revolucionario, que ha entendido la dimensión del amor de Dios, que ha enseñado que nos debemos amar unos a otros como Dios nos ama, donde cabe considerar que ese amor, es respetar la dignidad de mi prójimo.
Hary Cantillo P.
Teólogo
Para Jesús una sociedad donde los seres humanos se explotan para garantizar las riquezas de unos pocos, está lejos del plan de Dios. Para el Maestro, todos somos iguales, no hay hombres ni mujeres, ni Señores, en Jesús no hay lenguajes de poder. Todos somos llamados por El para recibir de su gracia y su amor. Ante esta revolución social, pues en su Reino no hay pirámides, se levanta la queja de Jesús ante la figura del explotador, de aquel que se enriquece en aras del hermano, del prójimo, su mirada identifica el pecado estructural, ese que la sociedad calla y la religión legitima. Se levanta como todo un revolucionario, que ha entendido la dimensión del amor de Dios, que ha enseñado que nos debemos amar unos a otros como Dios nos ama, donde cabe considerar que ese amor, es respetar la dignidad de mi prójimo.
Jesús llegando a
Jerusalén nos cuenta sobre la parábola de las diez minas que aparece en Lucas
19, 11-27, para ilustrarnos que es el
Reino de Dios. Para Lucas este pasaje significó mucho para los oyentes. El autor del evangelio de Lucas quien
usualmente nos señala eventos y personajes de tipo histórico como forma de
ubicarnos en el tiempo y en el espacio, utiliza esta parábola, tan descriptiva
que para el oyente no le fue difícil comprender de quien estaba hablando Jesús.
Los Judíos se
encontraban bajo el yugo del imperio Romano, esta situación los tenía
inconformes, tristes y desesperados. Recordaban con nostalgia la historia de
sus abuelos, de los ancianos del pueblo. Esa historia que presentaba a un Dios
que los libró del yugo de Egipto, de la mano de Babilonia y que con mano dura
los libraba de aquellos que osaban en dominarlos. El recuerdo de la revolución
de los Macabeos los llenaba de patriotismo. La idea de un mesías liberador, de
uno que era capaz de quitarles el yugo de Roma, de un mesías guerrero rondaba
en sus mentes. Cuando escucharon la noticia de que Jesús estaba cerca de
Jerusalén, muchos de ellos habiendo escuchado la fama de él, que según decían
era capaz de sanar los enfermos, de liberar endemoniados, pensaron, tal vez,
este es el Mesías esperado, el guerrero de Dios. Consideraron que el reino de
Dios se manifestaría de inmediato. Es decir, su liberación estaba cerca de
ellos. Jesús conociendo el pensamiento mesiánico de los judíos, responde con
esta parábola. Jesús intenta mostrarles que es el Reino de Dios.
Comienza Jesús a
narrar una parábola, hablando de un hombre noble que se fue a un país lejano
para recibir un reino y volver ( vs. 12). Cuando Jesús comenzó a hablar esta
parábola y recitó esta primera parte,
tal vez muchos de esos oyentes de Jerusalén recordaron lo sucedido con
Arquelao, el etnarca, hijo de Herodes el Grande. Augusto, emperador de Roma le otorgó a
Arquelao los territorios de Idumea, Judea y Samaria con la promesa de darle el
título de rey. Sin embargo, una comitiva subió de Jerusalén para hablar con el
Emperador, este acto significó que Arquelao fuera depuesto de su posición en el
año 6 d.C, colocando por primera vez un perfecto de Roma llamado Coponio (Pagola, 2007). Este
acto llevó a Arquelao a tomar, parece ser,
la decisión de decapitar por venganza a aquella comitiva que viajó a
Roma (vs. 27). La figura de Arquelao era la de un hombre sin piedad, como su
padre Herodes I, a quien no le temblaba la mano para vengarse de sus enemigos.
El noble de la
parábola hizo algo particular llamó a diez siervos suyos, les dio diez minas y
les dijo que negociaran mientras el regresaba (vs. 13). Aquí comienza a
desenvolverse la parábola de Jesús, cuando analizamos el modus operandi de
estos siervos a los cuales se les da la mina, encontramos entre ellos la figura
de unos explotadores del pueblo. Es curioso observar que una mina equivalía a
100 dracmas y un dracma a casi un
denario, que era el salario diario de un jornalero. Es decir, estamos hablando
del salario de 100 días de trabajo de un obrero aproximadamente, mucho dinero
para el común de aquellos hombres que escuchaban a Jesús. Cada uno de estos
siervos multiplicó este dinero. Para Jesús era claro que tal
multiplicación no venía del trabajo
honrado; por el contrario, la explotación
a la que era sometido el pueblo era muy reconocida por las masas. Observar como muchos se hacían ricos, como en
el caso de los recaudadores de impuestos, era evidente. Por lo tanto, la
administración de un territorio por parte de estos hombres que el texto sugiere
(vs. 13), lleva a pensar que una vez más la multiplicación de las minas se
debió a un ejercicio constante de corrupción, de explotación.
Para Jesús el Reino
de Dios era mucho más que la lucha directa con los romanos. Era mostrarle al
pueblo que el verdadero Reino de Dios, es diferente, no hay corrupción, y se
respeta la integridad del prójimo. Un reino donde no hay humillación, ni
esclavitud. Donde la riqueza no se consigue a costa de mi hermano, como el
actual modelo económico lo hace. Jesús deseaba que los oyentes compararan el
tipo de reino en el que vivían con este que el intenta proponer, un Reino de
paz, de justicia, de equidad, de respeto.
Cada uno de los
administradores de la parábola, de los siervos de este rey, mostró con orgullo
demencial como multiplicó las minas. El primero salió diciendo que había
multiplicado su mina por diez, eso significaba un acto desmedido de tiranía y
explotación, pero se siente orgulloso cuando su Señor le dijo que estaba muy
bien lo hecho, y que por su acto era merecedor de diez ciudades. Así mismo
ocurre con el de cinco minas (vs. 16-19). Es triste, pero real que este
pensamiento impera en nuestros días también. Parece ser que el acto de
explotar, de humillar y llevar a la pobreza a mi prójimo es recompensado,
aplaudido por nuestra clase dirigente. Callamos
ante la corrupción, nos hacemos los ciegos como pueblo.
Cabe destacar del
texto la acción del último siervo, que entiende lo que significa el Reino de
Dios. Este último siervo (vs.20), siempre es mostrado como el malo de la
parábola, aquel que ha sido estigmatizado por una extraña interpretación del
texto. Primeramente si observamos detenidamente el pasaje, este “siervo malo”,
trata a este Señor de hombre severo, que es injusto, pues toma de lo que no
puso y siega donde no sembró (vs. 20). Extraña forma de asociarlo con Dios
mismo, que es la interpretación que comúnmente se hace, este hombre tirano,
severo e injusto, ¿es el mismo Dios como se nos ha enseñado?, creo que no, si
Jesús quería por medio de la comparación mostrarnos esto, el pueblo no lo iba a
entender. Para Theissen la parábola yuxtapone imagen y cosa, y la asocia con la
partícula cómo. Además las imágenes empleadas son realistas y corresponden a lo
cotidiano (Theissen & Merz, 1999). En la
tradición judía ninguno se hubiera atrevido a llamar a Dios de esa forma,
severo, ni mucho menos tenerlo por injusto.
En el imaginario colectivo Dios era Santo, KADOSH, KADOSH, KADOSH, lo
más Santo entre lo Santo, el Rey Justo y perfecto. Por lo tanto, para el último de los siervos
estaba claro que este hombre era malo, y para el pueblo también, que
relacionaban a este noble con Arquelao. Este último siervo se levantó y lo
denunció, entonces sus palabras alcanzan una dimensión mayor. Este es el verdadero
siervo de Dios, que comprende lo que es el Reino de Dios, aquel que es capaz de
entender el carácter profético de un verdadero hombre que vive en la dimensión
del Reino de Dios. Este hombre no tembló a so pena de muerte, denunciar a este
Señor duramente como injusto y severo, malo (vs. 22-23), no cayó en la dinámica
del sistema, de explotación para multiplicar lo que le dieron, prefirió
guardarla (vs.20). Lo curioso del pasaje
es que terminan quitándole lo poco que tiene. Al sistema no le conviene tener a
alguien que no participa de el, que no multiplica lo que se le da, para los
nobles de hoy, este es un siervo malo. En los versículos 24-26 notamos que
quien no entra en el sistema neoliberal no prospera, y lo que tiene se le
quitará y aquel que humilla, explota, saquea, empobrece al prójimo, a ese, el
sistema lo premia.
Levantando la voz.
Jesús nos invita a
denunciar, a levantar nuestra voz ante la corrupción, la explotación, la
injusticia. Nuestra voz denunciante, tiene el acto de cambiar las condiciones
por más difíciles que sean. La parábola
nos estimula a analizar nuestro contexto, a comprender que sólo a través
de la denuncia liberadora podemos desenmascarar a estos hombres severos, que
siegan donde no han sembrado, robando lo poco que tienen los pobres, los amados
de Dios.
La iglesia debe
levantar de igual manera su voz profética,
debe llevar la buena nueva, una que es alternativa a la noticia que
profesa el actual modelo neoliberal, cuya premisa es compremos, endeudémonos,
comamos y bebamos. La propuesta de la iglesia es la del Reino de Dios, un reino
diferente, una utopía, una realidad que todos podemos construir, levantando
simplemente la voz, denunciando y actuando. La iglesia tiene el carácter de
sacar a la sociedad de su silencio y de la cueva platónica en la que está
sumergida, lastimosamente muchas iglesias hacen del creyente un ser
conformista, sometido, de espaldas a la realidad temporal dominado solamente
por la preocupación de lo eterno (Guzmán, 1969, pág. 40). Los miembros de la iglesia y la sociedad en
general deben comprender su realidad injusta y accionar desde el pleno conocimiento de su situación
verdadera, no la que los medios de comunicación proponen como sofisma de
distracción.
La invitación de
Jesús en la parábola es un compromiso con la vida, con el Reino de Dios, es una
invitación difícil, si se tiene en cuenta que los Señores de este siglo
“premian” a aquel que cumple a cabalidad los designios del neoliberalismo. Es
muy cómodo no decir nada y esperar que las injusticias sigan pasando, que la
corrupción, la explotación, la humillación continué, tal como hoy lo vemos.
Todos pertenecemos a una sociedad donde impera el consumismo, la deshumanización del ser, entre otros
problemas, pero está en nosotros
levantarnos en contra del neoliberalismo, como lo hizo el último de los siervos
de la parábola de Jesús, denunciando la injusticia.
Bibliografía.
Guzmán, G. (1969). El Padre Camilo Torres
(Tercera ed.). Mexico D.F: Siglo XXI Editores S.A.
Pagola, J. A. (2007). JESÚS: Aproximación Histórica.
Madrid: PPC.
Theissen, G., & Merz, A. (1999). El Jesús Histórico.
Salamanca: Ediciones Sígueme, S.A.


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