martes, 5 de noviembre de 2013

LA PARÁBOLA DE LAS MINAS: Motivando la Denuncia y el Despertar Social.

Por:
Hary Cantillo P.
Teólogo

Para Jesús una sociedad donde los seres humanos se explotan para garantizar las riquezas de unos pocos, está lejos del plan de Dios. Para el Maestro, todos somos iguales, no hay hombres ni mujeres, ni Señores, en Jesús no hay lenguajes de poder.  Todos somos llamados por El para recibir de su gracia y su amor.  Ante esta revolución social, pues en su Reino no hay pirámides, se levanta la queja de Jesús ante la figura del explotador, de aquel que se enriquece en aras del hermano, del prójimo, su mirada identifica el pecado estructural, ese que la sociedad calla y la religión legitima.  Se levanta como todo un revolucionario, que ha entendido la dimensión del amor de Dios, que ha enseñado que nos debemos amar unos a otros como Dios nos ama, donde cabe considerar que ese amor, es respetar la dignidad de mi prójimo.

Jesús llegando a Jerusalén nos cuenta sobre la parábola de las diez minas que aparece en Lucas 19, 11-27,  para ilustrarnos que es el Reino de Dios. Para Lucas este pasaje significó mucho para los oyentes.  El autor del evangelio de Lucas quien usualmente nos señala eventos y personajes de tipo histórico como forma de ubicarnos en el tiempo y en el espacio, utiliza esta parábola, tan descriptiva que para el oyente no le fue difícil comprender de quien estaba hablando Jesús.

Los Judíos se encontraban bajo el yugo del imperio Romano, esta situación los tenía inconformes, tristes y desesperados. Recordaban con nostalgia la historia de sus abuelos, de los ancianos del pueblo. Esa historia que presentaba a un Dios que los libró del yugo de Egipto, de la mano de Babilonia y que con mano dura los libraba de aquellos que osaban en dominarlos. El recuerdo de la revolución de los Macabeos los llenaba de patriotismo. La idea de un mesías liberador, de uno que era capaz de quitarles el yugo de Roma, de un mesías guerrero rondaba en sus mentes. Cuando escucharon la noticia de que Jesús estaba cerca de Jerusalén, muchos de ellos habiendo escuchado la fama de él, que según decían era capaz de sanar los enfermos, de liberar endemoniados, pensaron, tal vez, este es el Mesías esperado, el guerrero de Dios. Consideraron que el reino de Dios se manifestaría de inmediato. Es decir, su liberación estaba cerca de ellos. Jesús conociendo el pensamiento mesiánico de los judíos, responde con esta parábola. Jesús intenta mostrarles que es el Reino de Dios.

Comienza Jesús a narrar una parábola, hablando de un hombre noble que se fue a un país lejano para recibir un reino y volver ( vs. 12). Cuando Jesús comenzó a hablar esta parábola  y recitó esta primera parte, tal vez muchos de esos oyentes de Jerusalén recordaron lo sucedido con Arquelao, el etnarca, hijo de Herodes el Grande.  Augusto, emperador de Roma le otorgó a Arquelao los territorios de Idumea, Judea y Samaria con la promesa de darle el título de rey. Sin embargo, una comitiva subió de Jerusalén para hablar con el Emperador, este acto significó que Arquelao fuera depuesto de su posición en el año 6 d.C, colocando por primera vez un perfecto de Roma llamado Coponio (Pagola, 2007). Este acto llevó a Arquelao a tomar, parece ser,  la decisión de decapitar por venganza a aquella comitiva que viajó a Roma (vs. 27). La figura de Arquelao era la de un hombre sin piedad, como su padre Herodes I, a quien no le temblaba la mano para vengarse de sus enemigos.


El noble de la parábola hizo algo particular llamó a diez siervos suyos, les dio diez minas y les dijo que negociaran mientras el regresaba (vs. 13). Aquí comienza a desenvolverse la parábola de Jesús, cuando analizamos el modus operandi de estos siervos a los cuales se les da la mina, encontramos entre ellos la figura de unos explotadores del pueblo. Es curioso observar que una mina equivalía a 100 dracmas  y un dracma a casi un denario, que era el salario diario de un jornalero. Es decir, estamos hablando del salario de 100 días de trabajo de un obrero aproximadamente, mucho dinero para el común de aquellos hombres que escuchaban a Jesús. Cada uno de estos siervos multiplicó este dinero. Para Jesús era claro que tal multiplicación  no venía del trabajo honrado;  por el contrario, la explotación a la que era sometido el pueblo era muy reconocida por las masas.  Observar como muchos se hacían ricos, como en el caso de los recaudadores de impuestos, era evidente. Por lo tanto, la administración de un territorio por parte de estos hombres que el texto sugiere (vs. 13), lleva a pensar que una vez más la multiplicación de las minas se debió a un ejercicio constante de corrupción, de explotación.



Para Jesús el Reino de Dios era mucho más que la lucha directa con los romanos. Era mostrarle al pueblo que el verdadero Reino de Dios, es diferente, no hay corrupción, y se respeta la integridad del prójimo. Un reino donde no hay humillación, ni esclavitud. Donde la riqueza no se consigue a costa de mi hermano, como el actual modelo económico lo hace. Jesús deseaba que los oyentes compararan el tipo de reino en el que vivían con este que el intenta proponer, un Reino de paz, de justicia, de equidad, de respeto.

Cada uno de los administradores de la parábola, de los siervos de este rey, mostró con orgullo demencial como multiplicó las minas. El primero salió diciendo que había multiplicado su mina por diez, eso significaba un acto desmedido de tiranía y explotación, pero se siente orgulloso cuando su Señor le dijo que estaba muy bien lo hecho, y que por su acto era merecedor de diez ciudades. Así mismo ocurre con el de cinco minas (vs. 16-19). Es triste, pero real que este pensamiento impera en nuestros días también. Parece ser que el acto de explotar, de humillar y llevar a la pobreza a mi prójimo es recompensado, aplaudido  por nuestra clase dirigente. Callamos ante la corrupción, nos hacemos los ciegos como pueblo.

Cabe destacar del texto la acción del último siervo, que entiende lo que significa el Reino de Dios. Este último siervo (vs.20), siempre es mostrado como el malo de la parábola, aquel que ha sido estigmatizado por una extraña interpretación del texto. Primeramente si observamos detenidamente el pasaje, este “siervo malo”, trata a este Señor de hombre severo, que es injusto, pues toma de lo que no puso y siega donde no sembró (vs. 20). Extraña forma de asociarlo con Dios mismo, que es la interpretación que comúnmente se hace, este hombre tirano, severo e injusto, ¿es el mismo Dios como se nos ha enseñado?, creo que no, si Jesús quería por medio de la comparación mostrarnos esto, el pueblo no lo iba a entender. Para Theissen la parábola yuxtapone imagen y cosa, y la asocia con la partícula cómo. Además las imágenes empleadas son realistas y corresponden a lo cotidiano (Theissen & Merz, 1999).  En la tradición judía ninguno se hubiera atrevido a llamar a Dios de esa forma, severo, ni mucho menos tenerlo por injusto.  En el imaginario colectivo Dios era Santo, KADOSH, KADOSH, KADOSH, lo más Santo entre lo Santo, el Rey Justo y perfecto.  Por lo tanto, para el último de los siervos estaba claro que este hombre era malo, y para el pueblo también, que relacionaban a este noble con Arquelao. Este último siervo se levantó y lo denunció, entonces sus palabras alcanzan una dimensión mayor. Este es el verdadero siervo de Dios, que comprende lo que es el Reino de Dios, aquel que es capaz de entender el carácter profético de un verdadero hombre que vive en la dimensión del Reino de Dios. Este hombre no tembló a so pena de muerte, denunciar a este Señor duramente como injusto y severo, malo (vs. 22-23), no cayó en la dinámica del sistema, de explotación para multiplicar lo que le dieron, prefirió guardarla (vs.20).  Lo curioso del pasaje es que terminan quitándole lo poco que tiene. Al sistema no le conviene tener a alguien que no participa de el, que no multiplica lo que se le da, para los nobles de hoy, este es un siervo malo. En los versículos 24-26 notamos que quien no entra en el sistema neoliberal no prospera, y lo que tiene se le quitará y aquel que humilla, explota, saquea, empobrece al prójimo, a ese, el sistema lo premia.

Levantando la voz.
Jesús nos invita a denunciar, a levantar nuestra voz ante la corrupción, la explotación, la injusticia. Nuestra voz denunciante, tiene el acto de cambiar las condiciones por más difíciles que sean. La parábola  nos estimula a analizar nuestro contexto, a comprender que sólo a través de la denuncia liberadora podemos desenmascarar a estos hombres severos, que siegan donde no han sembrado, robando lo poco que tienen los pobres, los amados de Dios.

La iglesia debe levantar de igual manera su voz profética,  debe llevar la buena nueva, una que es alternativa a la noticia que profesa el actual modelo neoliberal, cuya premisa es compremos, endeudémonos, comamos y bebamos. La propuesta de la iglesia es la del Reino de Dios, un reino diferente, una utopía, una realidad que todos podemos construir, levantando simplemente la voz, denunciando y actuando. La iglesia tiene el carácter de sacar a la sociedad de su silencio y de la cueva platónica en la que está sumergida, lastimosamente muchas iglesias hacen del creyente un ser conformista, sometido, de espaldas a la realidad temporal dominado solamente por la preocupación de lo eterno (Guzmán, 1969, pág. 40).  Los miembros de la iglesia y la sociedad en general deben comprender su realidad injusta y accionar  desde el pleno conocimiento de su situación verdadera, no la que los medios de comunicación proponen como sofisma de distracción.

La invitación de Jesús en la parábola es un compromiso con la vida, con el Reino de Dios, es una invitación difícil, si se tiene en cuenta que los Señores de este siglo “premian” a aquel que cumple a cabalidad los designios del neoliberalismo. Es muy cómodo no decir nada y esperar que las injusticias sigan pasando, que la corrupción, la explotación, la humillación continué, tal como hoy lo vemos. Todos pertenecemos a una sociedad donde impera el consumismo,  la deshumanización del ser, entre otros problemas,   pero está en nosotros levantarnos en contra del neoliberalismo, como lo hizo el último de los siervos de la parábola de Jesús, denunciando la injusticia.


Bibliografía.
Guzmán, G. (1969). El Padre Camilo Torres (Tercera ed.). Mexico D.F: Siglo XXI Editores S.A.
Pagola, J. A. (2007). JESÚS: Aproximación Histórica. Madrid: PPC.
Theissen, G., & Merz, A. (1999). El Jesús Histórico. Salamanca: Ediciones Sígueme, S.A.

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