Teólogo
Recientemente hemos celebrado la resurrección de Jesús
venciendo la muerte. Su cuerpo flagelado y crucificado se levanta con el poder
de Dios y ahora posee toda una corporeidad gloriosa, viviendo por siempre a la
diestra del Padre eterno. Es la celebración mayor del cristiano, pues gracias a
su muerte hoy vivimos, gracias a su resurrección crece la esperanza de que
también seamos resucitados, somos reconciliados con Dios.
La resurrección no es solo ese cambio de muerte a vida, la
resurrección tiene un mensaje mucho más profundo, un mensaje que entendemos
solo cuando indagamos en los pormenores de los acontecimientos previos a ella.
El resucitado y el Reino de Dios
Este resucitado es Jesucristo. Su mensaje cautivó, atrajo a
las minorías porque era diferente, apartado de mensajes salvíficos donde la
guerra y la muerte se mezclaban para garantizar la supuesta liberación del
pueblo judío de su opresor, Roma. Algunos movimientos populares de liberación
se manifestaron en el siglo I d.C, por lo que Roma tuvo que intervenir ya que
lo que menos toleraba la famosa Pax Romana era la sublevación al imperio.
Jesús nos revela el Reino de Dios, un reino donde prima el
amor por el prójimo, donde el respeto a la vida es relevante, en el que la mujer
debe ser reconocida como seguidora activa, lideresa y predicadora de las buenas
nuevas, donde Dios Padre es sacado de detrás de unas cortinas del templo de
Jerusalén y ser manifestado a los hombres pobres de Judea para dejar de ser una
propiedad del templo y de la élite sacerdotal.
Jesús se preocupaba por los niños, las mujeres y los
hombres que sufrían la pobreza que provocaba un sistema de opresión imperial
económico, político y religioso, y al que habría que añadir la gran corrupción
de la élite herodiana. Por ello, su mensaje es bien recibido entre los pobres,
quienes ven en este sujeto de Nazareth, de una tierra perdida, olvidada, y
pobre también, un mensaje llamativo y apropiado; un mensaje de justicia social,
de equidad, de respeto y de dignidad por la vida. Se trataba de hacer memoria
de las antiguas directrices de Dios (el respeto por la viuda, el huérfano, el extranjero, el pobre, la tierra), que habían sido olvidadas por el pueblo y
por sus dirigentes . Jesús les devuelve la esperanza en medio de la desesperación,
y les recuerda que Dios se acuerda de los pobres y que camina con ellos.
Cuando Jesús llega a Jerusalén ese domingo de Ramos lo hace
montado en un burrito, mensaje anti-imperial, si se tiene en cuenta que para la pascua, el procurador romano de ese momento, Poncio Pilato,
viajaba de su residencia en la ciudad de Cesarea Marítima o Cesarea sobre el
mar que se encontraba a unos 90 kms al noroeste hasta Jerusalén, entrando con sus caballos y soldados,
llevando el escudo imperial romano, águilas doradas sobre mástiles destellando
por el metal y el oro. El sonido de la marcha de los soldados romanos y el
sonido de los redoblantes se escuchaban con gran estruendo, dándole una solemnidad y
temor a la procesión. Eso es lo que infundía el imperio, temor. Jesús llega montado en su burrito,
presentando otro mensaje, el mensaje de paz y justicia que ofreció no solo en
su discurso sino en su vida misma. Él presenta la humildad y sencillez de sus
palabras con un mensaje sentido y que surge del corazón de un hombre justo. Su
mensaje no atemoriza, acerca a las multitudes al gran amor de Dios por todos y
todas.
Él Maestro también obtiene un gran recibimiento: muchas personas
con ramas le aclaman cuando entra en Jerusalén. ¿Qué pensarían los romanos
sobre este hombre que recibe estas expresiones del pueblo? Jesús se enfrenta a
la corrupción del templo, de la práctica hipócrita de los fariseos, quienes se
creían los vigilantes del cumplimiento de la ley judía, que era en el
imaginario colectivo del pueblo, la ley de Dios. Ridiculiza a la casta
sacerdotal y en ella se encuentran los
mayores terratenientes del pueblo. Ir en contra de ellos significará la causa de su
muerte.
Jesús predica en la ciudad Santa de Dios; su mensaje no es recibido de
la misma forma que en otras ciudades, lo cual no deja de ser curioso e incluso
paradójico si tenemos en cuenta que allí se encontraba el templo de Jerusalén,
el templo del Dios judío.
Jesús es apresado, escupido, flagelado, golpeado y sometido
a las torturas con las que los romanos tenían por costumbre atormentar a los
sentenciados a muerte. Este hombre fue condenado a la pena capital, la
crucifixión, que se aplicaba a los enemigos del imperio; es
decir, a aquellos que se erigían como líderes de insurrecciones populares.
Este judío muere, es sepultado según la tradición de su
pueblo, pero un gran acontecimiento cambiará la concepción de los seguidores y
seguidoras de Jesús en ese momento: el Maestro ha resucitado. ¿Resucitado?
¿Después de tres días? Las mujeres son las primeras en verle (Marcos 16,9;
Mateo 28, 9-10). Lo curioso es que los discípulos no creen el mensaje de vida
que esas mujeres les comunican. Una vez que Él se aparece a sus amigos la fe
de sus seguidores es transformada. La confianza de que su maestro es el Señor de
Señores, el hijo de Dios, se afianza, se encuentran ante el verdadero Mesías.
Diferencia entre él y los demás resucitados
Jesús resucita, y para los judíos este mensaje es
sorprendente. Dios levantó a este Jesús de entre los muertos y su resurrección
fue uno de los elementos principales del mensaje de Pedro en el libro de Hechos
(2,14-38), ya que se reconoce públicamente la gloria de Jesús en Dios Padre. Este
muerto ahora ha resucitado y está a la diestra de Dios.
Estamos ante una persona que murió siendo coherente con su
mensaje hasta la muerte, y no cualquier muerte sino, como resaltaría el Apóstol
Pablo, hasta la muerte de Cruz (Filipenses 2,8). Esto quiere decir que no
vendió su mensaje ni se corrompió, sino que se mantuvo firme ante la amenaza
del imperio y de los sacerdotes.
Para los gentiles no resultaba novedoso el tema de la
resurrección, entre egipcios y griegos existían historias de dioses que resucitaron,
como es el caso de Horus. De igual manera, existían rumores, según, de personas que
tenían capacidades de resucitar a los muertos con ciertas artes mágicas. La
pregunta que surge es: ¿Qué diferencia hay entre este resucitado y los otros? Lo innovador está en que este resucitado lo
es para la inmortalidad.
Los griegos no podían aceptar la resurrección, ya que
creían que el cuerpo era la cárcel del alma y, por lo tanto, innecesaria para
la inmortalidad. Sólo el alma era inmortal.
Por otra parte, el que murió era pobre, un desdichado y un
enemigo del imperio, pero el Apóstol Pablo predica al Cristo resucitado y le
exalta por encima del emperador, y afirma que Jesús es el hijo de Dios, Señor
(kirios) y Salvador (soter), términos muy comunes en el vocabulario imperial
romano para referirse al emperador.
Jesús resucitado es el nuevo emperador, pero su reino no es
de este mundo. A diferencia del Imperio, es un reino de paz y de justicia, de
amor al prójimo, lo cual produce sus efectos en el corazón de las personas que
escuchan el mensaje de Jesús resucitado.
La resurrección de
Jesús nos muestra que él está por encima de las injusticias de los imperios y
sistemas de dominación, no pudieron acallar su valor y su mensaje
El Apóstol Pablo nos enseña a ser sus imitadores, así como
él lo es de Cristo. Es decir, nos llama a ser coherentes con el mensaje del
evangelio; con ese mensaje de amor y de justicia en un contexto de desigualdad
y de tiranía. Para el oyente, la esperanza de que resucitaría como lo hizo
Jesús se convirtió en la fuerza para enfrentarse sin temor a las estructuras
imperiales que podían acabar con su vida por transmitir el mensaje del Reino.
Estos oyentes veían en Jesús el ejemplo a seguir. Jesús había vencido al mundo
(sistema de dominación imperial) (Juan 16,32-33). Ahora sus seguidores
confiados podían proclamar un mensaje diferente, el mensaje del Reino de Dios,
aunque sufrieran aflicciones por un mensaje opuesto a la estructura dominante.
Por ello, encontramos esa fe férrea de los mártires de los primeros dos siglos
del cristianismo, que se entregaron a los brazos de la muerte sin temor, la
esperanza de que Dios les levantaría de los muertos como Jesús si se
esforzaban en mantener su fe hasta el final (2 Timoteo 4,7-8).
La resurrección de Jesús es el triunfo sobre las injusticias
del imperio y de su forma inhumana de dar paz y seguridad a través del temor y
de la destrucción. Jesús convierte la resurrección en un acto de Justicia. Dios
es quien le levanta de entre los muertos, es decir legitima su mensaje y lo
sella con la resurrección. Dicho mensaje está por encima de la pretensión del
imperio de condenarlo al olvido para siempre.
Aunque el sistema pretenda acallar esta propuesta del Reino
de Dios, será ese mismo Dios el que la resucite y la haga revivir en los
corazones de las personas. Esto quiere decir que la resurrección de Jesús se ha
convertido en el triunfo del justo sobre las injusticias, sin que importe de
donde procedan, aunque sea del imperio más grande de la historia.
La Resurrección, mensaje de esperanza ayer y hoy para todo
aquel que lucha por la propuesta del reino de Dios
La resurrección representó en el pasado un mensaje de
esperanza ¿Y hoy sigue siendo así? Jesús, en gran medida nos invita a
reflexionar sobre la coherencia de nuestro mensaje. Recordemos que somos
embajadores (2 Cor 5,20; Ef 6,20). Es decir, se nos ha encargado extender el
mensaje del Reino, un mensaje de amor, de justicia, de equidad, de respeto, de
esperanza; en medio de un mundo que se debate entre guerras, conflictos
familiares, en el que muchos jóvenes no tienen claro el sentido de la vida, las
ideologías luchan entre sí por imponerse, el hambre impera y la injusticia y la
corrupción son el pan de cada día.
La resurrección de Jesús nos invita a ser coherentes con su
mensaje, sin temor a expresarlo, transformar los paradigmas de opresión que el sistema difunde como normalidad. Es una lucha contra la bestia, puesto que el modelo económico actual convierte
a los ricos en más ricos y a los pobres en más pobres; destruye los anhelos de
las personas de este mundo, las convence de ser sujetos de emociones y las
convierte en objetos del sistema de producción mundial, en un número más de
esta cruda realidad.
Los valores han pasado a ser ignorados en la vida social;
solo importa el dinero, aunque no la manera de conseguirlo. Jesús nos llama a
entender que él es verdadero Señor y el verdadero Salvador y a no dejarnos
engañar por aquellos que pretenden adjudicarse dichos calificativos.
No es fácil asumir el mensaje de Jesús; hay que cargar la
cruz. Una cruz que puede llevarnos a la muerte en algunos casos, pero esa es la
realidad del mensaje, no otra. Sin embargo, hasta el fin de nuestros días
seamos coherentes con el mensaje del Reino de Dios, y llevemos esperanza a
aquel que sufre, que llora, que tiene hambre y sed de Justicia.
Bibliografía
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