domingo, 12 de abril de 2020

LA RESURRECCIÓN DE CRISTO, EJEMPLO DE COHERENCIA CON EL MENSAJE DEL REINO “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá” (Juan 11.25)


Hary Cantillo
Teólogo

Recientemente hemos celebrado la resurrección de Jesús venciendo la muerte. Su cuerpo flagelado y crucificado se levanta con el poder de Dios y ahora posee toda una corporeidad gloriosa, viviendo por siempre a la diestra del Padre eterno. Es la celebración mayor del cristiano, pues gracias a su muerte hoy vivimos, gracias a su resurrección crece la esperanza de que también seamos resucitados, somos reconciliados con Dios.
La resurrección no es solo ese cambio de muerte a vida, la resurrección tiene un mensaje mucho más profundo, un mensaje que entendemos solo cuando indagamos en los pormenores de los acontecimientos previos a ella.

El resucitado y el Reino de Dios
Este resucitado es Jesucristo. Su mensaje cautivó, atrajo a las minorías porque era diferente, apartado de mensajes salvíficos donde la guerra y la muerte se mezclaban para garantizar la supuesta liberación del pueblo judío de su opresor, Roma. Algunos movimientos populares de liberación se manifestaron en el siglo I d.C, por lo que Roma tuvo que intervenir ya que lo que menos toleraba la famosa Pax Romana era la sublevación al imperio.
Jesús nos revela el Reino de Dios, un reino donde prima el amor por el prójimo, donde el respeto a la vida es relevante, en el que la mujer debe ser reconocida como seguidora activa, lideresa y predicadora de las buenas nuevas, donde Dios Padre es sacado de detrás de unas cortinas del templo de Jerusalén y ser manifestado a los hombres pobres de Judea para dejar de ser una propiedad del templo y de la élite sacerdotal.
Jesús se preocupaba por los niños, las mujeres y los hombres que sufrían la pobreza que provocaba un sistema de opresión imperial económico, político y religioso, y al que habría que añadir la gran corrupción de la élite herodiana. Por ello, su mensaje es bien recibido entre los pobres, quienes ven en este sujeto de Nazareth, de una tierra perdida, olvidada, y pobre también, un mensaje llamativo y apropiado; un mensaje de justicia social, de equidad, de respeto y de dignidad por la vida. Se trataba de hacer memoria de las antiguas directrices de Dios (el respeto por la viuda, el huérfano, el extranjero, el pobre, la tierra), que habían sido olvidadas por el pueblo y por sus dirigentes . Jesús les devuelve la esperanza en medio de la desesperación, y les recuerda que Dios se acuerda de los pobres y que camina con ellos.
Cuando Jesús llega a Jerusalén ese domingo de Ramos lo hace montado en un burrito, mensaje anti-imperial, si se tiene en cuenta que para la pascua, el procurador romano de ese momento, Poncio Pilato, viajaba de su residencia en la ciudad de Cesarea Marítima o Cesarea sobre el mar que se encontraba a unos 90 kms al noroeste hasta Jerusalén,  entrando con sus caballos y soldados, llevando el escudo imperial romano, águilas doradas sobre mástiles destellando por el metal y el oro. El sonido de la marcha de los soldados romanos y el sonido de los redoblantes se escuchaban con gran estruendo, dándole una solemnidad y temor a la procesión. Eso es lo que infundía el imperio, temor.  Jesús llega montado en su burrito, presentando otro mensaje, el mensaje de paz y justicia que ofreció no solo en su discurso sino en su vida misma. Él presenta la humildad y sencillez de sus palabras con un mensaje sentido y que surge del corazón de un hombre justo. Su mensaje no atemoriza, acerca a las multitudes al gran amor de Dios por todos y todas.
Él Maestro también obtiene un gran recibimiento: muchas personas con ramas le aclaman cuando entra en Jerusalén. ¿Qué pensarían los romanos sobre este hombre que recibe estas expresiones del pueblo? Jesús se enfrenta a la corrupción del templo, de la práctica hipócrita de los fariseos, quienes se creían los vigilantes del cumplimiento de la ley judía, que era en el imaginario colectivo del pueblo, la ley de Dios. Ridiculiza a la casta sacerdotal y en ella se encuentran los mayores terratenientes del pueblo. Ir en contra de ellos  significará la causa de su muerte. 
Jesús predica en la ciudad Santa de Dios; su mensaje no es recibido de la misma forma que en otras ciudades, lo cual no deja de ser curioso e incluso paradójico si tenemos en cuenta que allí se encontraba el templo de Jerusalén, el templo del Dios judío.
Jesús es apresado, escupido, flagelado, golpeado y sometido a las torturas con las que los romanos tenían por costumbre atormentar a los sentenciados a muerte. Este hombre fue condenado a la pena capital, la crucifixión, que se aplicaba a los enemigos del imperio; es decir, a aquellos que se erigían como líderes de insurrecciones populares.
Este judío muere, es sepultado según la tradición de su pueblo, pero un gran acontecimiento cambiará la concepción de los seguidores y seguidoras de Jesús en ese momento: el Maestro ha resucitado. ¿Resucitado? ¿Después de tres días? Las mujeres son las primeras en verle (Marcos 16,9; Mateo 28, 9-10). Lo curioso es que los discípulos no creen el mensaje de vida que esas mujeres les comunican. Una vez que Él se aparece a sus amigos la fe de sus seguidores es transformada. La confianza de que su maestro es el Señor de Señores, el hijo de Dios, se afianza, se encuentran ante el verdadero Mesías.




Diferencia entre él y los demás resucitados
Jesús resucita, y para los judíos este mensaje es sorprendente. Dios levantó a este Jesús de entre los muertos y su resurrección fue uno de los elementos principales del mensaje de Pedro en el libro de Hechos (2,14-38), ya que se reconoce públicamente la gloria de Jesús en Dios Padre. Este muerto ahora ha resucitado y está a la diestra de Dios.
Estamos ante una persona que murió siendo coherente con su mensaje hasta la muerte, y no cualquier muerte sino, como resaltaría el Apóstol Pablo, hasta la muerte de Cruz (Filipenses 2,8). Esto quiere decir que no vendió su mensaje ni se corrompió, sino que se mantuvo firme ante la amenaza del imperio y de los sacerdotes.
Para los gentiles no resultaba novedoso el tema de la resurrección, entre egipcios y griegos existían historias de dioses que resucitaron, como es el caso de Horus. De igual manera, existían rumores, según, de personas que tenían capacidades de resucitar a los muertos con ciertas artes mágicas. La pregunta que surge es: ¿Qué diferencia hay entre este resucitado y los otros?  Lo innovador está en que este resucitado lo es para la inmortalidad.
Los griegos no podían aceptar la resurrección, ya que creían que el cuerpo era la cárcel del alma y, por lo tanto, innecesaria para la inmortalidad. Sólo el alma era inmortal.
Por otra parte, el que murió era pobre, un desdichado y un enemigo del imperio, pero el Apóstol Pablo predica al Cristo resucitado y le exalta por encima del emperador, y afirma que Jesús es el hijo de Dios, Señor (kirios) y Salvador (soter), términos muy comunes en el vocabulario imperial romano para referirse al emperador.
Jesús resucitado es el nuevo emperador, pero su reino no es de este mundo. A diferencia del Imperio, es un reino de paz y de justicia, de amor al prójimo, lo cual produce sus efectos en el corazón de las personas que escuchan el mensaje de Jesús resucitado.

La resurrección de Jesús nos muestra que él está por encima de las injusticias de los imperios y sistemas de dominación, no pudieron acallar su valor y su mensaje
El Apóstol Pablo nos enseña a ser sus imitadores, así como él lo es de Cristo. Es decir, nos llama a ser coherentes con el mensaje del evangelio; con ese mensaje de amor y de justicia en un contexto de desigualdad y de tiranía. Para el oyente, la esperanza de que resucitaría como lo hizo Jesús se convirtió en la fuerza para enfrentarse sin temor a las estructuras imperiales que podían acabar con su vida por transmitir el mensaje del Reino. Estos oyentes veían en Jesús el ejemplo a seguir. Jesús había vencido al mundo (sistema de dominación imperial) (Juan 16,32-33). Ahora sus seguidores confiados podían proclamar un mensaje diferente, el mensaje del Reino de Dios, aunque sufrieran aflicciones por un mensaje opuesto a la estructura dominante. Por ello, encontramos esa fe férrea de los mártires de los primeros dos siglos del cristianismo, que se entregaron a los brazos de la muerte sin temor, la esperanza de que Dios les levantaría de los muertos como Jesús si se esforzaban en mantener su fe hasta el final (2 Timoteo 4,7-8).
La resurrección de Jesús es el triunfo sobre las injusticias del imperio y de su forma inhumana de dar paz y seguridad a través del temor y de la destrucción. Jesús convierte la resurrección en un acto de Justicia. Dios es quien le levanta de entre los muertos, es decir legitima su mensaje y lo sella con la resurrección. Dicho mensaje está por encima de la pretensión del imperio de condenarlo al olvido para siempre.
Aunque el sistema pretenda acallar esta propuesta del Reino de Dios, será ese mismo Dios el que la resucite y la haga revivir en los corazones de las personas. Esto quiere decir que la resurrección de Jesús se ha convertido en el triunfo del justo sobre las injusticias, sin que importe de donde procedan, aunque sea del imperio más grande de la historia.

La Resurrección, mensaje de esperanza ayer y hoy para todo aquel que lucha por la propuesta del reino de Dios
La resurrección representó en el pasado un mensaje de esperanza ¿Y hoy sigue siendo así? Jesús, en gran medida nos invita a reflexionar sobre la coherencia de nuestro mensaje. Recordemos que somos embajadores (2 Cor 5,20; Ef 6,20). Es decir, se nos ha encargado extender el mensaje del Reino, un mensaje de amor, de justicia, de equidad, de respeto, de esperanza; en medio de un mundo que se debate entre guerras, conflictos familiares, en el que muchos jóvenes no tienen claro el sentido de la vida, las ideologías luchan entre sí por imponerse, el hambre impera y la injusticia y la corrupción son el pan de cada día.
La resurrección de Jesús nos invita a ser coherentes con su mensaje, sin temor a expresarlo, transformar los paradigmas de opresión que el sistema difunde como normalidad. Es una lucha contra la bestia, puesto que el modelo económico actual convierte a los ricos en más ricos y a los pobres en más pobres; destruye los anhelos de las personas de este mundo, las convence de ser sujetos de emociones y las convierte en objetos del sistema de producción mundial, en un número más de esta cruda realidad.
Los valores han pasado a ser ignorados en la vida social; solo importa el dinero, aunque no la manera de conseguirlo. Jesús nos llama a entender que él es verdadero Señor y el verdadero Salvador y a no dejarnos engañar por aquellos que pretenden adjudicarse dichos calificativos.
No es fácil asumir el mensaje de Jesús; hay que cargar la cruz. Una cruz que puede llevarnos a la muerte en algunos casos, pero esa es la realidad del mensaje, no otra. Sin embargo, hasta el fin de nuestros días seamos coherentes con el mensaje del Reino de Dios, y llevemos esperanza a aquel que sufre, que llora, que tiene hambre y sed de Justicia.

Bibliografía
 Barbaglio, G. (2003). Jesús, Hebreo de Galilea. Investigación histórica. Salamanca: Secretariado Trinitario.

 Borg, M., & Crossan, J. D. (2007). La última semana de Jesús. El relato día a día de la última semana final de Jesús en Jerusalén. España: PPC, Editorial y Distribuidora, SA.

 Brown, R. (2006). La muerte del Mesías. Desde Getsemaní hasta el sepulcro (Vol. II). Estella: Verbo Divino.

 Lüdemann, G., & Özen, A. (2001). La resurrección de Jesús. Historia, Experiencia, Teología.Madrid: Editorial Trotta.

 Pagola, J. A. (2007). Jesús. Aproximación histórica. Madrid: PPC, Editorial y Distribuidora, SA.

 Perrot, C. (1982). Jesús y la historia. Madrid: Cristiandad.

 Pikaza, X. (2013). Historia de Jesús. Estella: Verbo Divino.

 Sanders, E. (2004). Jesús y el judaísmo. Madrid: Trotta.



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