Por: Hary Cantillo - Teólogo.
Usualmente terminamos nuestras oraciones, liturgias con “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Es decir todo lo sellamos bajo estas tres personas que componen la santa trinidad, la perfecta unidad.
Usualmente terminamos nuestras oraciones, liturgias con “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Es decir todo lo sellamos bajo estas tres personas que componen la santa trinidad, la perfecta unidad.
Curiosamente de las más
grandes crisis que afecta a la humanidad es el desinterés por el prójimo, tal
crisis nos tiene en un momento de autodestrucción
inminente, ya nada importa solo el interés personal por el colectivo. Es triste
considerar que a pesar que todos vivimos en un único planeta azul, nuestro
único hogar material en el universo, la estamos destruyendo. Es tal nuestra sed
de dinero, de prestigio, de poder que no nos importa otorgarle a ese “prójimo”
un hogar también, a las futuras generaciones una casa hermosa, con recursos
naturales, enseñándoles el respeto a la creación. Por el contrario, el mensaje
que estamos dándole a las futuras generaciones es desalentador, pues ellos
repetirán los mismos patrones destructivos sino procuramos cambiar.
La divinidad se nos
revela desde el principio de los tiempos como tres personas entrelazadas desde
la eternidad hasta la eternidad, coexistiendo siempre. Es una manera de
revelarnos como deben ser nuestras relaciones sociales. En la trinidad no hay
dominación, sino convergencia de los tres, en una aceptación recíproca y en una
donación mutua. Jesús nos revela el reino de Dios, y hay que hacer claridad
sobre el hecho indiscutible que ella nos llama a nuevamente comprender que
debemos desarrollar lazos fraternos de unidad, de apoyo.
La humanidad ha sobrevivido
porque el hombre es un ser gregario. Es decir habita en comunidad y en ella se
desarrolla, son necesarias las relaciones con los demás para la supervivencia,
para el desarrollo científico, tecnológico e ideológico de la especie.
Históricamente nos hemos
necesitado los unos de los otros. En lo económico podemos analizarlo a través de un ejemplo sencillo "el trueque". Analicemos como el hombre consideró cambiar con el otro aquello que consideraba
suficiente por aquello que le hacía falta, son relaciones justas y de
consentimiento que permitieron dar pie a lo que hoy llamamos sociedad,
civilización. Las relaciones dan
protección lo que permitía a las diversas comunidades mantener su existencia,
se sabía desde la antigüedad que un hombre solo era víctima de los peligros de
la naturaleza. Curiosamente esto último se nos ha olvidado y es por eso que la
humanidad va camino a su propia destrucción. El otro componente es el
religioso, históricamente los hombres y mujeres nos hemos juntado para adorar
lo divino, hacer celebraciones y cultos religiosos. Somos históricamente una
comunidad que ha sabido relacionarse e interactuar no solo entre humanos sino
con todo lo viviente y lo no vivo. La trinidad se contrapone a la idea
individual de la sociedad moderna. Ella ha impuesto la ideología de la
subjetividad y del valor supremo de la libertad, entendida sin referencia a los
otros. Comprender la persona humana como imagen de la trinidad implica medirla
siempre por su relación con los demás.
La trinidad es principio
eterno de vida, unidad eterna. Cada uno de los integrantes de ella coexisten en
armonía para cumplir con los propósitos eternos, es comunión eterna; los tres
permanecen en perfecta unidad, en la unidad del amor para irrumpir en la
historia de la humanidad.
En una sociedad piramidal
donde el que está arriba es sostenido por el de abajo y el pobre sufre las
injusticias de una sociedad corrupta cuya conciencia tiene precio. Esa
corrupción la mantiene cegada, considerando que la acumulación de la riqueza es
la gloria de la vida. Es por eso que las palabras de Jesús a la madre de los
hijos de Zebedeo (Juan y Santiago) fue clara y de gran enseñanza para ellos y el resto de los oyentes; entre ellos no se repetirán las
mismas estructuras dominantes de los que gobiernan el mundo, sino que el que
quiera hacerse grande debe hacerse servidor (Mateo 20. 20- 28). Jesús estaba
revelando el modelo del Reino de Dios, un modelo que impera desde la misma
trinidad. Jesús como manifestación de uno de la trinidad les hace ver que él
también vino para servir y no ser servido (Mateo 20.28).
La Trinidad y la Iglesia de hoy
La iglesia es llamada a
ser portadora del Reino de Dios, en esa línea entendemos que la trinidad hace
parte de este reino. Por lo tanto, será la iglesia una comunidad de creyentes
que recrean los lazos de amor y de comunión que se da en la trinidad. Hay que considerar que Dios actúa como padre que nos envía a su Hijo para transformarnos por medio de su Espíritu.
La Iglesia es, ante todo,
comunión de personas que creen. El Hijo y el Espíritu, enviados por el Padre,
que sostienen y vivifican permanentemente a la comunidad, hacen que ella sea el
cuerpo de Cristo. La comunión en Cristo y en el Espíritu, y la comunión entre
los propios fieles forman la única Iglesia. Ella es, además, una comunión de
dones y servicios (1 Cor 12,4). Todos ellos están orientados a la
construcción del cuerpo de Cristo (1 Cor 12). Pablo, en este contexto de los
carismas que dan forma concreta a la comunidad, se refiere a los tres, al
Padre, al Cristo Señor (Hijo) y al Espíritu. Y así es y debe ser, ya que la
comunidad de los seguidores de Jesús, en el entusiasmo que les infunde el
Espíritu revelándoles al Padre y al Hijo, es un reflejo de la comunión
trinitaria.
El amor de Dios se revela
en cada miembro, en la interacción de ellos, en la comprensión que somos un
cuerpo, una unidad. Cada uno diferente, diverso. No cabe duda que el Espíritu
Santo reparte los dones como él quiere (1 Corintios 12.11). Son tres personas
distintas, autónomas. Una iglesia unida no quiere decir que todos seamos
iguales, pensemos iguales. Por el contrario la verdadera unidad está en que lo
diverso complementa, todos somos partes de un todo, cada uno tiene una medida de
fe y la trinidad interactúa con cada uno de nosotros de formas diversas.
La trinidad debe manifestarse en nuestras
relaciones, en nuestra familia, en todo lo que hacemos. La trinidad es
compromiso, acción, amor y pasión.
La iglesia en sus comienzos
empezó a manifestar el amor por todos y todas, se hizo una, estaban juntos,
vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos, perseveraban
unánimes y comían juntos con alegría y sencillez de corazón (Hechos 2. 44-46).
Este modelo de comunión, de amor verdadero es la manifestación de la presencia
de Espíritu Santo en la iglesia, él nos revela el accionar de la trinidad a la
iglesia y nos invita a no olvidarnos del prójimo, elemento importantísimo en la
comunidad de creyentes en Cristo.
Todo aquel que sea
trinitario debe considerar que el amor de Dios fue tanto, que la encarnación
del λóγος (lógos) se concibe como la intervención de la trinidad en busca de la
salvación humana. La iglesia no debe olvidar que está llamado a irrumpir en la
sociedad, a ser agente de transformación continua, es el cuerpo de Cristo y en
él el resto de la trinidad se hace presente también.
La trinidad nos llama a
comunicarnos en Juan 16.12-15, la comunicación es esencial en el crecimiento y
fortalecimiento de la iglesia. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se
encuentran en constante interacción, comunicación, ninguno niega al otro. Por
lo tanto, como hermanos debemos de considerar que somos llamados a amarnos, a
comunicarnos entre sí, a comprender que en nuestras diferencias somos uno, somos un solo cuerpo, la iglesia, y que ella debe actuar bajo el principio de la unidad de amor que la trinidad nos revela en todo lo creado como sello eterno.

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