domingo, 29 de mayo de 2016

LA TRINIDAD: SOCIEDAD E IGLESIA

Por: Hary Cantillo - Teólogo.

Usualmente terminamos nuestras oraciones, liturgias con “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Es decir todo lo sellamos bajo estas tres personas que componen la santa trinidad, la perfecta unidad.

Curiosamente de las más grandes crisis que afecta a la humanidad es el desinterés por el prójimo, tal crisis nos tiene en un momento de autodestrucción inminente, ya nada importa solo el interés personal por el colectivo. Es triste considerar que a pesar que todos vivimos en un único planeta azul, nuestro único hogar material en el universo, la estamos destruyendo. Es tal nuestra sed de dinero, de prestigio, de poder que no nos importa otorgarle a ese “prójimo” un hogar también, a las futuras generaciones una casa hermosa, con recursos naturales, enseñándoles el respeto a la creación. Por el contrario, el mensaje que estamos dándole a las futuras generaciones es desalentador, pues ellos repetirán los mismos patrones destructivos sino procuramos cambiar.

La divinidad se nos revela desde el principio de los tiempos como tres personas entrelazadas desde la eternidad hasta la eternidad, coexistiendo siempre. Es una manera de revelarnos como deben ser nuestras relaciones sociales. En la trinidad no hay dominación, sino convergencia de los tres, en una aceptación recíproca y en una donación mutua. Jesús nos revela el reino de Dios, y hay que hacer claridad sobre el hecho indiscutible que ella nos llama a nuevamente comprender que debemos desarrollar lazos fraternos de unidad, de apoyo.

La humanidad ha sobrevivido porque el hombre es un ser gregario. Es decir habita en comunidad y en ella se desarrolla, son necesarias las relaciones con los demás para la supervivencia, para el desarrollo científico, tecnológico e ideológico de la especie.

Históricamente nos hemos necesitado los unos de los otros. En lo económico podemos analizarlo a través de un ejemplo sencillo "el trueque". Analicemos como el hombre consideró cambiar con el otro aquello que consideraba suficiente por aquello que le hacía falta, son relaciones justas y de consentimiento que permitieron dar pie a lo que hoy llamamos sociedad, civilización.  Las relaciones dan protección lo que permitía a las diversas comunidades mantener su existencia, se sabía desde la antigüedad que un hombre solo era víctima de los peligros de la naturaleza. Curiosamente esto último se nos ha olvidado y es por eso que la humanidad va camino a su propia destrucción. El otro componente es el religioso, históricamente los hombres y mujeres nos hemos juntado para adorar lo divino, hacer celebraciones y cultos religiosos. Somos históricamente una comunidad que ha sabido relacionarse e interactuar no solo entre humanos sino con todo lo viviente y lo no vivo. La trinidad se contrapone a la idea individual de la sociedad moderna. Ella ha impuesto la ideología de la subjetividad y del valor supremo de la libertad, entendida sin referencia a los otros. Comprender la persona humana como imagen de la trinidad implica medirla siempre por su relación con los demás.

La trinidad es principio eterno de vida, unidad eterna. Cada uno de los integrantes de ella coexisten en armonía para cumplir con los propósitos eternos, es comunión eterna; los tres permanecen en perfecta unidad, en la unidad del amor para irrumpir en la historia de la humanidad.



En una sociedad piramidal donde el que está arriba es sostenido por el de abajo y el pobre sufre las injusticias de una sociedad corrupta cuya conciencia tiene precio. Esa corrupción la mantiene cegada, considerando que la acumulación de la riqueza es la gloria de la vida. Es por eso que las palabras de Jesús a la madre de los hijos de Zebedeo (Juan y Santiago) fue clara y de gran enseñanza para ellos y el resto de los oyentes; entre ellos no se repetirán las mismas estructuras dominantes de los que gobiernan el mundo, sino que el que quiera hacerse grande debe hacerse servidor (Mateo 20. 20- 28). Jesús estaba revelando el modelo del Reino de Dios, un modelo que impera desde la misma trinidad. Jesús como manifestación de uno de la trinidad les hace ver que él también vino para servir y no ser servido (Mateo 20.28). 


La Trinidad y la Iglesia de hoy
La iglesia es llamada a ser portadora del Reino de Dios, en esa línea entendemos que la trinidad hace parte de este reino. Por lo tanto, será la iglesia una comunidad de creyentes que recrean los lazos de amor y de comunión que se da en la trinidad. Hay que considerar que Dios actúa como padre que nos envía a su Hijo para transformarnos por medio de su Espíritu.

La Iglesia es, ante todo, comunión de personas que creen. El Hijo y el Espíritu, enviados por el Padre, que sostienen y vivifican permanentemente a la comunidad, hacen que ella sea el cuerpo de Cristo. La comunión en Cristo y en el Espíritu, y la comunión entre los propios fieles forman la única Iglesia. Ella es, además, una comunión de dones y servicios (1 Cor 12,4). Todos ellos están orientados a la construcción del cuerpo de Cristo (1 Cor 12). Pablo, en este contexto de los carismas que dan forma concreta a la comunidad, se refiere a los tres, al Padre, al Cristo Señor (Hijo) y al Espíritu. Y así es y debe ser, ya que la comunidad de los seguidores de Jesús, en el entusiasmo que les infunde el Espíritu revelándoles al Padre y al Hijo, es un reflejo de la comunión trinitaria.

El amor de Dios se revela en cada miembro, en la interacción de ellos, en la comprensión que somos un cuerpo, una unidad. Cada uno diferente, diverso. No cabe duda que el Espíritu Santo reparte los dones como él quiere (1 Corintios 12.11). Son tres personas distintas, autónomas. Una iglesia unida no quiere decir que todos seamos iguales, pensemos iguales. Por el contrario la verdadera unidad está en que lo diverso complementa, todos somos partes de un todo, cada uno tiene una medida de fe y la trinidad interactúa con cada uno de nosotros de formas diversas.

La trinidad debe manifestarse en nuestras relaciones, en nuestra familia, en todo lo que hacemos. La trinidad es compromiso, acción, amor y pasión.

La iglesia en sus comienzos empezó a manifestar el amor por todos y todas, se hizo una, estaban juntos, vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos, perseveraban unánimes y comían juntos con alegría y sencillez de corazón (Hechos 2. 44-46). Este modelo de comunión, de amor verdadero es la manifestación de la presencia de Espíritu Santo en la iglesia, él nos revela el accionar de la trinidad a la iglesia y nos invita a no olvidarnos del prójimo, elemento importantísimo en la comunidad de creyentes en Cristo.

Todo aquel que sea trinitario debe considerar que el amor de Dios fue tanto, que la encarnación del λóγος (lógos) se concibe como la intervención de la trinidad en busca de la salvación humana. La iglesia no debe olvidar que está llamado a irrumpir en la sociedad, a ser agente de transformación continua, es el cuerpo de Cristo y en él el resto de la trinidad se hace presente también.


La trinidad nos llama a comunicarnos en Juan 16.12-15, la comunicación es esencial en el crecimiento y fortalecimiento de la iglesia. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se encuentran en constante interacción, comunicación, ninguno niega al otro. Por lo tanto, como hermanos debemos de considerar que somos llamados a amarnos, a comunicarnos entre sí, a comprender que en nuestras diferencias somos uno, somos un solo cuerpo, la iglesia, y que ella debe actuar bajo el principio de la unidad de amor que la trinidad nos revela en todo lo creado como sello eterno.

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