martes, 22 de enero de 2013

La experiencia de fe como motor de transformación social: Aproximación al Coeficiente Espiritual y la Tradición religiosa desde el aprendizaje humano



La experiencia de fe como motor de transformación social
Aproximación al Coeficiente Espiritual y la Tradición religiosa desde el aprendizaje humano
Por:  Hary Cantillo y Orlando Suaréz
(2012)

RESUMEN
En el presente artículo los autores exponen e identifican elementos de significado en la estructuración y construcción de la historia y la sociedad de los pueblos a partir de elementos de comprensión, vivencia y expresión de la religiosidad, que responden a procesos de desarrollo y aplicación en la resolución de situaciones problémicas del coeficiente espiritual a partir de procesos de pensamiento y cognición del mundo y la sociedad, lo que permite valorar cómo toma lugar la religiosidad en la definición de lo histórico y social y del ser mismo como ser personal.  Para ello, brevemente se hace una presentación de elementos básicos que definen el ceoficiente espiritual y la corriente religiosa judeocristiana.

PALABRAS CLAVES: Psicología, religión, coeficiente espiritual, transformación social, aprendizaje.

El tema de este escrito es arriesgado y ambicioso en sí mismo ya que en esta ocasión tan sólo los autores pretendemos hacer una revisión general que incluye aspectos conceptuales, históricos y de reflexión propia relacionadas.  Si bien, un elemento muy importante que destacar es que aunque pocos son los trabajos directamente relacionados con  este tema, que se viene trabajando desde hace pocos años, de manera muy concisa es una pretensión tratar de acercarnos lo más posible a la concepción y reflexión de lo que vagamente conocemos como coeficiente espiritual, pero que no deja dicho que sea reciente su práctica, porque, como de manera sucinta se mostrará en este escrito, ella ha estado y ha sido usada por la humanidad desde que se tiene conciencia de sí mismo como ser trascendental, y por espacio no abordaremos desde un ámbito amplio de perspectivas.

Junto con una reflexión sobre el coeficiente espiritual, es preciso hacer un recorrido acerca de cómo la tradición religiosa (tan sólo en algunos ámbitos sociales, especialmente el judaísmo como antecesor al cristianismo y este mismo) ha influenciado el quehacer social como expresión y construcción humana fundada en el desarrollo intelectual y de procesos de pensamientos relacionados con la espiritualidad y la religiosidad, para concluir con algunos desafíos que nos motivan a continuar la búsqueda de una práctica investigativa constante y de una vivencia racional, desde lo irracional (místico) como motor de transformación del sujeto y la sociedad. 

Actualmente en América latina hay poco interés sobre esta relación psicología-teología (o religiosidad) por el gremio a quienes compete, de allí los pocos recursos bibliográficos que es posible conseguir y que de alguna manera estén directamente relacionados con nuestras sociedades y comunidades; sin embargo autores como Avendaño, González & Herrera (1999),  Beauregard & Paquette (2004), Boff (2006), Mureddu & Romero (2008), Davidson & Lutz (2008), Correa (2010), Suárez (2011) y Gómez (2012) en la última década se han interesado por ahondar en este tema arrojando información significativa para comprender el desarrollo personal y social del ser humano como ser trascendental desde la mística y lo religioso.

En la medida que la vivencia religiosa y la comprensión de ésta es originaria y productora de acuerdos y desacuerdos, enfrentamientos, espacios para la vida y la misma muerte física de los seres humanos, vale la pena señalar que aunque no se busca construir un discurso enmarcado en la apologética o defensa de la religiosidad y vivencia de alguna línea religiosa, si nos proponemos insertarnos en la visión de la importancia y significado que tiene para el ser humano la concepción de sí mismo como ser espiritual desde la comprensión del mundo exterior e interior, la explicación del caos y la transformación de su sociedad como elementos prácticos relevantes y llenos de significado.

Sabemos que el factor religioso ha sido siempre un elemento de mucha potencia en los procesos transformistas del mundo antiguo y actual; no hay razón entonces por qué oponerse a su trascendencia, ya que llega a ser una variable que permite el análisis de los hechos históricos, como
“…el papel protagonizado por la confesión luterana en la caída del muro de Berlín; la militancia religiosa de los principales líderes sudafricanos que lograron la eliminación del sistema del apartheid gracias… a las iglesias; la reaparición pública de los líderes de la Iglesia Ortodoxa Rusa…, el papel de los púlpitos católicos en Polonia para propagar y sostener al sindicato Solidaridad; el movimiento de las Comunidades eclesiales de Base y su participación en las luchas populares de América Latina; la presencia de grupos musulmanes en Europa y Norteamérica como grupos de presión social.” (Avendaño, César & Blanco Ricardo, 1999)

Sólo por mencionar algunos eventos sobresalientes de la nuestra historia social que resaltan el efecto que puede generar lo religioso sobre los procesos de pensamiento, desarrollo psicológico y sociológico que dan vida a la construcción social con significado. 

Esta importancia del factor religioso y su comprensión, más que ser simplemente una teoría de estudio es una praxis de vida: no podemos obviarla.  Pero ¿qué relación tiene la vivencia religiosa con la construcción psicológica del ser? ¿Cómo se relaciona la psicología con la teología? ¿Qué dice la religión de la psicología? ¿La psicología de la religión?, y de manera más específica ¿cómo se evidencia en el ser humano el coeficiente espiritual? Son preguntas que soportan y mueven el quehacer investigativo de este trabajo, aunque no sea nuestra pretensión dar respuestas totalmente a ellas.

Comprender que la psicología en sentido amplio es la comprensión de los fenómenos de comportamiento y razón tanto en animales como en el ser humano, y que la religión en sí misma es la búsqueda de respuestas al caos en la trascendentalidad del ser mismo y el establecimiento de una relación subjetiva del ser con lo sobrenatural y divino que se expresa en lo social y cultural desde una concepción doctrinal, nos orienta a crear una relación entrañable entre lo místico y lo científico, entre lo explicable y lo inexplicable desde la razón pero si desde la experiencia,  y que de igual manera alimentan el cambio constante.  Tal experiencia, como afirma Avendaño & Blanco (1999), incluye lo intelectual, lo afectivo, conativo y existencial, y llega a caracterizarse por la relación de la persona con su Dios (ser superior) en su inmediatez, y en su vínculo con el mundo que le rodea, en tanto que este implique señal de lo divino.  La experiencia religiosa es en sí misma es un ejercicio de vida, una vivencia continua que se reproduce en sentido vertical (autónomo) y horizontal (social) aportando contenido que genera transformación, y a su vez nuevas formas de religiosidad añadiendo, quitando, transformando y adaptando nuevos signos, ritos y símbolos para inscribirse en la práctica de actualidad.  Schleimacher afirma que la experiencia religiosa no es ni un conocimiento ni tan sólo un acto, sino que es un sentimiento (Calvo, 2010). Es, entonces, allí cuando la comprensión psicológica de los procesos cognitivos, emocionales y de desarrollo social que se insertan en esta práctica, y que componen el coeficiente espiritual, da a la ciencia motivación para un estudio coherente, pertinente y practico de la vivencia y realidad religiosa y mística humana.  De allí este trabajo escrito.

Sabemos que el estudio de la relación ser humano (pensamiento-coeficiente) – psicología - religiosidad no es nueva, sino que desde diferentes medios y líneas se ha venido estudiando hace muchos siglos atrás.  En la contemporaneidad algunas escuelas psicológicas se han preocupado por dar una definición a tal relación.  Es claro que el papel de la piscología (y el de cualquier otra ciencia) no es sancionar la veracidad o falsedad de una creencia religiosa, sino más bien hacer un estudio y comprensión de los efectos directos y/o indirectos que tal tiene en la vida social y personal del ser humano, afirmándose en el desarrollo de teorías y metodologías adecuadas a la naturaleza del fenómeno en cuestión; quehacer que nos lleva a comprender que la religión dentro de su intencionalidad deja de ser tan sólo contacto con lo sagrado para convertirse en una vivencia interna que se refleja en una práctica externa, que se da en el mundo natural y social, siendo entonces su objeto de estudio tal expresión de las creencias en lo que conocemos como religiosidad en actos humanos y no “Dios” (Mondragón, 1999) que es el objeto de la teología.  Esta religiosidad pensante refleja en sí misma bastos procesos de construcción inteligente desde la activación del coeficiente intelectual humano, ya sea consciente o inconsciente, directa o indirectamente, para así encontrar respuestas y satisfacción en mundo de constantes cambios y motivaciones emocionales.


El coeficiente espiritual
El ser humano en sí mismo está inserto en una búsqueda constante de las raíces y razones de todo lo que existe, y aun de lo que “no”.  Cada día ingeniamos formas de investigación, estudio y construcción del conocimiento que lleguen a explicar nuestras realidades con el fin de satisfacer la inquietud y curiosidad que nos ha impreso la biología; pero en muchos otros casos con el fin de incidir sobre lo que nosotros mismo somos: saber el cómo se dan los procesos y las cosas nos da la posibilidad de poseer el cómo controlarlos.

En las últimas décadas el estudio del ser humano, su comportamiento, su pensamiento, formas de vida y más han tomado un giro o base diferencial y significativa, ya no desde lo que se genera hacia él, lo externo, los resultados del impacto en el ambiente, sino más bien desde su interior, desde dónde y cómo se generan en su cerebro y sistema nervioso.  El estudio de los procesos cognitivos y las neurociencias, que busca explicar al ser humano desde su percepción y los procesos en su constitución nerviosa, ha tomado un auge significativo en las últimas décadas, tanto así que se ha diversificado con el fin de alcanzar más campos específicos de análisis, como la neurobiología, neuropsiquiatría, psicofisiología, neurodesarrollo, neuropsicología, etc. y desde hace una década, la neuroteología (término acogido por diferentes investigadores recientemente como Iglesias, 2004; Geary, 2008; Rivas Martínez, 2010; Suárez Yepes, 2012, entre otros), directamente relacionada con la relación cerebro-espiritualidad (Suárez Yepes, 2011).

Las ciencias hoy han hecho un gran énfasis en el estudio del cerebro y sus diferentes procesos tanto fisiológicos como mentales.  Desde hace muchas décadas atrás se vienen estudiando los niveles de pensamiento del ser humano, llegando a considerar resultados significativos en todos los aspectos del desarrollo, aun para la religión y la espiritualidad.  Si bien durante el siglo XX hubo un gran auge por explorar los niveles de inteligencia o Coeficiente Intelectual (CI) del cual mucho se ha hablado, y que se compone de los procesos cerebrales analíticos que le permiten al individuo elaborar conceptos, construir ciencia y resolver situaciones problémicas en el cotidiano de la vida.  Este coeficiente, genera en sí mismo niveles de pensamiento más elaborados que nos distinguen de otros seres vivos, son las ideas y la formación de conceptos sobre las cosas y las realidades. A partir de allí se estructuran procesos de inteligencia como procesos de búsqueda de solución a situaciones problémicas de la cotidianidad que nos llevan constantemente a la creatividad, que no son más que nuevas alternativas de solución a estas situaciones problémicas.  Tales procesos generan en cada individuo vías opcionales para la resolución a partir de pensamientos creativos, propositivos y productivos que llegan a dar sentido a su naturaleza, que hacer y sentir.  Es entonces la creatividad y su expresión a través del lenguaje (arte) lo que llena al ser humano de sensibilidad y significado (confrontar con Gardner, 1998, 2005).

Aunque al principio sólo se creía que los niveles  y formas de inteligencia del ser humano estaban relacionados a las ciencias naturales, a partir de estudios y propuestas hechas por Howard Gardner con su teoría de la Inteligencias Múltiples (1983) se amplió a siete tipos de inteligencia entre las quien se distinguen la corporal, naturalista, interpersonal, intrapersonal, musical, lógico-matemática, lingüística y espacial.  Esta perspectiva nos lleva un paso más adelante al entender que como seres creativos y diferenciales de nuestros pares concebimos el mundo con ciertas diferencias; nadie puede ver exactamente el mismo tono de color en una pared que el otro, cada uno lo comprende a su manera, desde sus experiencias, recuerdos y necesidades.  

Un paso más adelante lo da David Goleman (Goleman, 1996) al proponer un nuevo tipo de inteligencia usada por el ser humano, y que hasta el momento no había sido considerada: La inteligencia o coeficiente Emocional (CE).  Ya desde muchos siglos atrás en la historia, desde Platón, San Agustín y hasta Freud al afirmar que la base del ser humano no es solo la razón sino también las emociones, se venía elaborando esta perspectiva del ser humano.  Entender que en primer lugar somos seres de pasión, empatía y compasión, y sólo después de razón, nos lleva a movilizarnos a nosotros mismos, a los otros y al mundo entero (Boff, 2006).

Hoy entendemos que el ser humano no sólo es un ser intelectual y emocional, sino que además, implícitamente en su desarrollo y en su forma de abordar e interactuar consigo mismo y su ambiente está implícito el elemento espiritual.  Creemos, y aún más sentimos y vivimos la espiritualidad en nuestra cotidianidad.  De allí que hablamos de Inteligencia o coeficiente Espiritual (CEs) para referirnos a que de igual manera como enfrentamos situaciones problémicas desde la razón y las emociones, lo hacemos desde la espiritualidad.  Captamos hechos, ideas y emociones, percibimos contextos superiores de nuestra vida, damos significado a la totalidad del mundo y el caos, y vivimos a partir de la trascendentalidad del ser porque somos seres espirituales en esencia.

El estudio avanzado del cerebro ha mostrado a neurocientíficos de diferentes especialidades (neurólogos, neuropsicólogos, neurolingüistas, etc.) que las redes neuronales y ciertos sectores cerebrales se activan a partir de sensaciones específicas y relacionadas con la religiosidad y la espiritualidad.  Se ha verificado que en los lóbulos temporales, cada vez que se abordan temas religiosas o de valores profundos sobre las cosas, se produce una activación natural que alcanza los 40 hercios y que conlleva a experiencias de exaltación, alegría intensa y emociones (Boff, 2006).

Desde hace algún tiempo, neurocientíficos y especialistas en psicología cognitiva interesados en el tema del CEs han venido haciendo estudios serios sobre los procesos y áreas cerebrales involucradas en la espiritualidad.  En el 2004 Mario Beauregard y Vincent Paquette (2004), usando resonancia magnética funcional (fRM) estudiaron el cerebro de 15 monjas carmelitas con edades entre 23 y 64 años, y tiempo de pertenencia a la comunidad desde 2 a 40 años mientras desarrollaban actividades de oración y meditación espiritual, encontrando que existía lo que ellos llamaron “un patrón místico” en las ondas cerebrales y que activaba la corteza orbito-frontal, el sistema límbico, responsable de las emociones, y las áreas parietales de los dos hemisferios, concluyendo que “ estas experiencias son complejas y multidimensionales, implican cambios en la percepción (visual), en la cognición (representación del yo) y la emoción (paz, disfrute, amor incondicional)” (Correa, 2010).

Por su parte Richard J. Davidson (2008), neurólogo de la Universidad de Wisconsin–Madison, ha estudiado a monjes tibetanos con electrodos mientras practican la meditación profunda y recrean un estado de amor por las creaturas del mundo.  Su estudio, que mostró frecuencias entre 25 y 42 hercios en frecuencias gamma, arrojó información base para la comprobación de que las técnicas de meditación pueden generar modificaciones estructurales en algunas regiones del cerebro, especialmente la corteza cerebral.  

Pablo Correa en un reportaje periodístico del 2010 dice que un grupo de cirujanos italianos comprobó, luego de operar diferentes tipos de tumores en el cerebro de 88 pacientes, que el grado de espiritualidad variaba luego del procedimiento quirúrgico. Entre aquellos con tumores ubicados en lóbulos parietales los sentimientos de trascendencia se modulaban al extirpar el tumor.  Al observar bien nos damos cuenta que estas áreas corresponden a las activadas en las monjas carmelitas y los monjes tibetanos.

Estas áreas son las mismas que se promueven los lazos sociales entre los seres humanos, y además son las mismas que se activan cuando relacionamos imágenes de seres queridos con las emociones de satisfacción, afecto y amor que se siente por ellos, como la empatía, la comunicación simbólica y la regulación de las emociones, lo que se evidencia con mayor intensidad entre los religiosos. 

Como estas hay muchas evidencias más que respaldan la teoría que como seres humanos experimentamos la interacción social en diferentes ámbitos de nuestras realidades.  La esperanza y la fe son reacciones hacia las necesidades propias del ser; saber que aun cuando no se ve podemos ver y tener es importante y trascendente para el humano.  La fe y la esperanza son elementos que construimos en nuestro cerebro a partir del CI, pero que además nos motiva como seres personales desde nuestro CE y que se realiza en nuestras necesidades cotidianas dándole sentido desde el CEs. 

En un mundo de incertidumbre como en el que vivimos hoy, saber que las respuestas a nuestras preguntas en diferentes ámbitos y esferas de la vida pueden ser contestadas desde lo que creemos (CI), sentimos (CE) y vivimos (CEs) hace que la vida y el transitar en este mundo aún más tenga mayor sentidos y significancia.  Vivimos y sobrevivimos porque la fe y la esperanza se convierten en motores de vida, en alimento y en elementos generadores de trasformación social desde la desesperanza a la esperanza con respuesta.

Nuestro cerebro, en sus innumerables procesos neurales ha insertado mecanismos de comunicación y construcción de estructuras del lenguaje para podernos comunicar con nuestros semejantes; ha reservado áreas especializadas para la motricidad, las sensaciones  y aun para la construcción personal, pero de igual manera y con el mismo valor e importancia vital, se ha estructurado para experimentar la espiritualidad, la que nos llena en el interior y permite recrear la trascendentalidad y vivir el “más allá” en el “más aquí”; proceso que nos lleva, como seres pensantes y sensibles, a proyectar el futuro a partir del pasado y recrear la transformación y el cambio desde la fe, diseñando así la sociedad que queremos, la comunidad en la que nos expresaremos y el yo que dejaremos ver al “tu”.

De esta manera, y como mencionamos anteriormente, este motor de pensamiento e inteligencia espiritual, cargado de emociones y sapiencia, cada día nos invita a una transformación constante e inconclusa pues nos encamina a la búsqueda de la “perfección” simbólica como sociedad. 

La religiosidad, propia de corrientes religiosas de acción y de hecho se fundamenta en un aprendizaje mediado, mediático y continuo, lleno de significado y valor que nos identifica dentro de un contexto particular, y proyecta a comprender los alcances de los procesos que definen en gran sentido el rumbo social.  Es así que al revisar algunos elementos de esta quehacer en el judaísmo y cristianismo antiguo y contemporáneo, bases de la religiosidad latinoamericana, podemos comprender un poco más el porqué de la importancia de los modelos de aprendizaje y currículo estructurados que además de dar sentido a la vida, moldean la visión y percepción (a través de patrones preestablecidos socialmente) del mundo que nos rodea.


El Aprendizaje en la Tradición Judeocristiana
Para el judaísmo, como para el cristianismo, el aprendizaje desde desarrollo del coeficiente espiritual es la clave de su estilo de vida y su experiencia religiosa. En el aprendizaje de sus escrituras sagradas el creyente encuentra las directrices necesarias para desarrollarse plenamente y entrar en comunión con la deidad sagrada. Encuentra en el cumplimiento de la ley, en el caso del judaísmo, y de la Biblia, en el caso del cristianismo, su descanso interior; reconoce que Dios “le habla” a través de las líneas de la Escritura Sagrada y experimenta una conexión con lo sagrado, un tipo de sentimiento religioso (Avendaño Amador, 1999), que lo lleva a encontrar esa paz interior.

Si bien, entendemos que cada tradición religiosa y expresión del coeficiente o inteligencia espiritual desde si misma evidencia características particulares, lo que hace necesaria un pequeño abordaje en cada una de ellas. 

En el Judaísmo
Para el judaísmo aprender la ley y comprenderla es la base de su sociedad y la fuerza de su resistencia a quedar en el olvido; de hecho es interesante observar que esta es una de las razones por las que este pueblo no se extinguió a pesar de la invasión de los Babilonios que desencadenó un exilio de casi cincuenta años (587-539 ac.) por orden de Nabucodonosor, rey de Babilonia; de una conquista y helenización por parte de Alejandro Magno en el 333 a.c. y posteriormente la conquista de Roma y la destrucción de Jerusalén por el general Tito (66-70 d.c.), donde los  judíos son expulsados de su tierra  hasta 1.948 cuando regresan por consenso de la ONU a donde se encuentran hoy día, en oriente medio.  

Desde la antigüedad la ley judía obligaba al padre a enseñar la ley a su hijo (Deut 11,19), debía instruirle en la Torah. Siglos después de haberse dado esta pauta los padres empezaron a no tener tiempo para la instrucción de sus hijos por lo que consideraron crear las escuelas para niños,  donde habían maestros privados para la enseñanza de la tradición, fundación que se atribuye a Simón Ben Setaj (76-67 a.c.).  Surge la Escuela Rabínica,  en la que el niño aprende a leer el texto bíblico, estudiando a partir de los 7 y hasta los 13. Inicialmente el niño comenzaba su estudio sobre una pizarra, luego unos fragmentos de la Torah, para llegar finalmente al texto completo. El método de enseñanza era la lectura en voz alta y la repetición continua (Strack & Stemberger, 1988). Para el judío esto significaba no sólo el conocimiento de sus leyes u ordenanzas sino a su vez el aprender sobre la historia de su pueblo que garantizaba la identidad del pueblo, del individuo sea donde este estuviese, es decir no importando el país donde se encontrara, él seguía siendo judío y enseñaba a su descendencia a serlo y aprenderlo, manejando toda una conducta de vida moldeada por lo que aprendió, viviendo la experiencia de fe en medio de sus fiestas religiosas. De esta forma se garantizaba la continuación del judaísmo.

 Fue precisamente su identidad religiosa fundamentada en su experiencia de fe, en la tradición en la enseñanza de la ley y toda su sagrada escritura, que llevó al judío a no poder experimentar un olvido de sus tradiciones. Para el judaísmo olvidar su tradición es apartarse de Yahvé Dios.  Es su experiencia de fe,  que se desarrolla con el aprendizaje de su Escritura Sagrada, lo que lo transforma en un individuo que busca agradar a su Dios y lo blinda de alguna manera de otras concepciones religiosas.

En el Cristianismo
En el cristianismo la enseñanza de la Biblia es crucial, obviamente  por todo su trasfondo judío. Para el creyente la instrucción de la Escritura se hace necesaria, pues garantiza una nueva vida, un cambio de mentalidad que lleva al individuo a experimentar su fe desde su estilo de vida. Es decir, la sociedad no está alejada de su fe, por el contrario debe ser impregnada de ella. Es este pensamiento es lo que origina desde el primer siglo de la era cristiana los procesos de evangelización: “La sociedad debe ser transformada por el amor de Dios”, dicen muchos predicadores en la actualidad.

En el protestantismo histórico la enseñanza cristiana era clave en la formación integral del niño, por ello se empezaron a crear instituciones educativas en Europa con la enseñanza protestante, tal como hacía la religión católica. En ese sentido la divulgación del pensamiento protestante desde el siglo XVI garantizaba como en  el judaísmo su continuación.  La educación protestante durante la reforma   tenía un corte humanista,  que garantizaba la preocupación por el progreso social, por el individuo, por la sociedad. Es por eso que la educación en la reforma no solo fue dirigida a la burguesía sino al pueblo como tal, es decir aquellos que hacían parte de las clases populares. La idea de los reformadores era que la Biblia fuera leída por todos, eso significaba educación para todos. En Alemania durante el siglo XVI la educación secular se combinaba con la educación religiosa. Las dos más grandes escuelas fueron: La Escuela de Estrasburgo fundada por Johannes Sturn  en el año 1538, y La Academia de Ginebra de Juan Calvino (1559) organizada en 2 partes. La primera parte, la Escuela Privada o Gimnasio, se dividía en siete clases para gente joven, enseñaba griego y latín, gramática, literatura y lógica. La segunda, la pública, en la que se enseñaban Filosofía, hebreo, griego y Teología (Spielvogel, 2010). Es interesante observar que la educación religiosa protestante buscaba que sus estudiantes fueran transformadores de la sociedad, la impactaran, garantizando cambios sustanciales en su estructura y en  la forma en que los individuos actúan en la sociedad.

La iglesia protestante reformada está en un constante proceso de renovación de allí su frase “iglesia reformada, siempre reformándose”. Los reformados fueron educados para responder a los cambios de la sociedad, involucrándose en estos cambios o procesos sociales a partir de la “experiencia de fe” y su vivencia como expresión “intelectual-religiosa”

Para el protestantismo reformado de hoy la experiencia de fe no sólo está direccionada a su relación con Dios y la iglesia, sino también en cómo Dios a través de ella puede transformar la sociedad, cambiándola sustancialmente. Sus bases doctrinales, fundamentadas por ese estudio bíblico que ha recibido desde niño, lo llevan a cambiar su conducta convirtiéndolo progresivamente en una persona que promueva transformaciones sociales que garanticen mejores condiciones de vida para el resto de la sociedad, dando paso a un desarrollo consciente del coeficiente espiritual desde la práctica religiosa.  Este aprendizaje en el protestante reformado lo condiciona a ver la sociedad desde una postura crítica y no de aceptación permanente.  Para Bonhoeffer la experiencia de espiritualidad, del sentir de la fe va definido por una actitud de humildad y de sumisión hacia los hermanos, es una actitud de servicio social (Bonhoeffer, 1985).

Ya en una corriente más contemporánea, el pentecostalismo, movimiento carismático originario de Topeka, Kansas (Estados Unidos) a principios del siglo XX (1901) tuvo una inserción en Latinoamérica a mediados en la primera década del siglo XX entre los años 1907 a 1909 en Valparaíso, Chile en la Iglesia Metodista Episcopal, cuyo pastor era el misionero Willis C. Hoover (Deiros, 1992); movimiento religioso descendiente de las iglesias protestantes históricas. Uno de los puntos relevantes en su forma de enseñanza es sobre la inerrancia bíblica, es decir  el texto bíblico no se equivoca, no se refuta. La Biblia por lo tanto adquiere un componente literal, no posee otra interpretación simplemente aquella que el texto muestra a simple vista. La Biblia es la madre de todas las conductas, convierte al pentecostal en un hombre altamente moralista, siente en su interior que Dios lo puede castigar o premiar de acuerdo a sus acciones de vida.

La educación secular no posee atracción sobre el pentecostal, simplemente entiende que es necesaria para la sociedad actual. Para este creyente la educación espiritual es la verdaderamente importante, es aquella que transforma, que cambia al ser humano y lo hace cada día perfeccionarse. La Fe es viva, no literal, no tradicionalista, sino que es basada en  sus experiencias espirituales,  donde su coeficiente espiritual interpreta esa trascendencia que tiene lo sagrado para él.  Es su relación con el Espíritu Santo, que lo introduce en un éxtasis,  llevándolo a esa plenitud de llenura espiritual. Dios y el hombre se hacen uno sólo, hay una comunicación directa. Esta forma de sentir lo espiritual de conectarse con lo Santo lo involucra a llevar una vida “santa”, desea que otros conozcan la “salvación” que encontró, ese sentir de una fe viva, como dirían ellos mismos,  el encuentro del Cristo vivo. El deseo de salvación de las almas corruptas promueve los procesos evangelizadores, tan populares en toda Latinoamérica.

En el pentecostalismo se da una inclusión social, en la que todos son iguales ante Dios, donde las pirámides sociales no cuentan. El pentecostalismo ofrece la respuesta a la necesidad del pueblo de crear y ordenar contextos, al sufrimiento del pueblo que ve en Dios las respuesta a todos sus problemas de orden espiritual y secular, de esa forma le da sentido a la vida y ordenar la conducta en la vida cotidiana (Gutierrez, 1995).

Cuando analizamos al judaísmo, cristianismo protestante y el pentecostalismo encontramos como lo que se aprende en estas culturas modifica la conducta del individuo y de su colectividad. Es interesante observar cómo lo aprendido busca recrearse en la sociedad, y cómo lo trascendente, lo divino, es decir “mi interpretación de la deidad me lleva a darle significado a mi vida”.

Charles G Morris,  en el libro Psicología comenta algo muy cierto sobre el aprendizaje: “…es el proceso por el cual la experiencia o la práctica produce un cambio relativamente permanente en la conducta o el potencial de conducta (Morris & Maisto, 2009). En ese sentido lo que se aprende en el ámbito religioso tendrá repercusiones en la conducta del individuo. El coeficiente espiritual de todo ser humano participa dándole amplitud al significado del aprendizaje de las Escrituras Sagradas y de la tradición en estas  concepciones religiosas. Cuando tenemos una espiritualidad que se aborda desde la idea de que la divinidad está en todas partes, nos protege y nos permite conectarme con ella hace que la vida tome otro dirección, no la que la sociedad nos presenta con afanes y desenfrenos. El creyente comprende que existe una realidad suprasensible y supramundana, que influye de tal manera que configura su realidad natural, humana y social (Schmitz, 1987). El darle un sentido trascendental a su vida, lo conecta permanentemente con la divinidad en el sentido que su vida gira en torno a vivirla sagradamente, respetándola. Dios la brinda para buscarlo por medio del conocimiento, de ese aprendizaje de su palabra que se encuentra condensada en la Escritura Sagrada. La vida adquiere otro sentido, el sentido de la espiritualidad, el vivir conforme a lo que Dios determina, eso potencializa el coeficiente espiritual del individuo y lo empuja a transformar su entorno, la idea es que todo llegar a ser “lugar sagrado (Eliade, 1980)” desde la tierra como lugar creado por Dios como las instituciones que gobiernan el mundo.

En cierta medida toda espiritualidad es una vivencia, es un sentimiento transformante, de los sentimientos más humanos. Socialmente el creyente asume su papel de ser humano pero también asume el papel de Dios que lo lleva a considerar transformar la sociedad, el ve con los ojos de Dios, se expresa como él, asume este rol para asegurarse de no dejarse tentar por el entorno (Paiva, 1999). Es esta visión de complejidad que lo condiciona de alguna manera a extenderse fuera de su comunidad eclesial, lo lleva a considerar que su experiencia espiritual debe ir más allá de las cuatro paredes de su templo, lugar donde su experiencia de fe adquiere la fuerza necesaria para luego adentrarse en el “mundo” y salvarlo. Teólogos como Barth, Bonhoeffer, Brunner, Bultman, Reinhold Niebuhr desplazaron progresivamente el centro de gravedad del pensamiento cristiano de la iglesia, que era el punto crítico del encuentro entre Dios y el mundo, llevándolo a la acción de Dios a la historia y a la sociedad (Junta Latinoamericana de Iglesia y Sociedad, 1971).

El ser humano por lo tanto está condicionado a sentir la experiencia de fe, esta fisiológicamente diseñado a ello. Al sentir tal experiencia espiritual, también lo condiciona a transformarse, a proyectarse a un mundo que necesita de transformaciones que considera relevantes. El creyente considera a partir de su experiencia de fe que es la suma de lo aprendido y de la presión que ejerce su entorno eclesial que a la final lo catapulta al exterior, a la sociedad, que debe ser modificada desde las estructuras de poder, del modelo económico, hasta la vivencia del individuo común que anhela esa paz tan deseada. La vida como la tenemos debe ser transformada, modificada, impregnada del sabor de lo divino que este creyente siente, experimenta y potencializa día a día.  El coeficiente espiritual se vuelve motor de búsqueda y transformación en él y lo involucra como individuo social a agruparse con otros que participan de ese sentir de fe, motivados por su experiencia espiritual, que los lleva a la final a ser entes de transformación a partir de esa experiencia que transforma.

Tener las respuestas a todas las preguntas que genera un tema tan relevante al tema central de este escrito y sobre los procesos neuroteológicos que median en el coeficiente espiritual y aprendizaje socioreligioso sería una empresa bastante complicada y que nos llevaría demasiado tiempo; pero aunque quedan algunas que son relevantes como: ¿Por qué somos religiosos? ¿Desde cuándo lo somos? ¿Cuál es la base científica para ello? ¿Qué papel juega la religión en la evolución del ser humano? ¿Cuáles son  sus ventajas evolutivas? ¿Cuáles son otras formas de expresión del coeficiente espiritual? No descansamos hasta que lleguemos a una comprensión mayor y significativa de lo que en realidad somos: Seres con inteligencia espiritual.

En este sentido es posible comprender que independientemente a las diferentes concepciones acerca de Dios y la sociedad, todos los seres humanos somos en sí mismos seres pensantes, inteligentes y espirituales, sin embargo es importante desarrollar y proyectar tales riquezas a una construcción pertinente y coherente de la sociedad en que vivimos.

Aunque Karl Marx hace más de un siglo (1844) presentó su hoy famosa frase “La religión es el opio del pueblo” que muchos han interpretado de manera despectiva, hoy podríamos más bien afirmarnos en unas palabras posteriores que dan mayor sentido a lo que en realidad es la verdadera expresión de la fe y la inteligencia y razón (CEs) para una transformación con sentido: “Bienvenida sea una religión que derrame en el amargo cáliz de la sufriente especie humana algunas dulces, soporíferas gotas de opio espiritual, algunas gotas de amor, esperanza y creencia.” (Löwy, 2006).

Como base para algunas conclusiones de este aparte queremos dejar las siguientes afirmaciones:
·         El ser humano como ser social está inmerso en ambientes cargados de religiosidad que orientan el curso de la historia.
·         Las sociedades están mediadas y enmarcadas en la relación ser humano – religiosidad lo que tiene injerencia en la definición del rumbo de las instituciones.
·         El ser humano es más que materia.  Es CI+CE+CEs
·         El CEs se da como procesos propios de la fisiología del cerebro y orienta los mecanismos de aprehensión de lo espiritual y místico.  La FE es un mecanismo que da respuesta a situaciones problémicas de la vida – Hace parte de la «inteligencia» humana.
·         Todo aprendizaje socio religioso, además de darse a partir de modelos estructurados con fines específicos, estructura el comportamiento y la personalidad del ser humano desde lo psicológico y social.
·         Aun no se ha dicho todo sobre psicología – coeficiente espiritual y religión, lo que nos motiva a seguir en la búsqueda de respuesta a nuestros grandes interrogantes.



Referencias citadas

Avendaño Amador, C. R. (1999). Psicología y Religión. Tensiones y tentaciones. Buenos Aires: Kairos Ediciones.

Avendaño, César & Blanco Ricardo. (1999). Psicología de la religión: Evolución, tendencias y perspectivas. En C. Avendaño, & S. &. González, Psicologia y religión: Tensiones y tentaciones (págs. 21-56). Buenos Aires: Kairós.

Beauregard, Mario D. y Paquette, Vincent.  (2004) The Neurobiology of the Mystical Experience. Université de Montréal (Canadá)  Recuperado: http://www.metanexus.net/archive/spiritualtransformationresearch/news/STP%20Grantee%20Abstract-Bios5.htm#awardee100
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LA RESURRECCIÓN DE CRISTO, EJEMPLO DE COHERENCIA CON EL MENSAJE DEL REINO “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá” (Juan 11.25)

Hary Cantillo Teólogo Recientemente hemos celebrado la resurrección de Jesús venciendo la muerte. Su cuerpo flagelado y crucificado ...